1.- ¿SUPERFICIALIDAD Y/O DESCONOCIMIENTO?
Nuestros brillantes soliloquios, sólo oídos y apenas escuchados, por el/la persona sita al lado del orador/a en nuestras tertulias de turno, rozan ya la perfección sublime de los discursos cuodlibetales del medievo.
Como sucede siempre que el bizantinismo pretende dictar la realidad, a la postre, más temprano que tarde, los hechos dictan las condiciones al discurso. Así nos encontramos ahora. Y precisamente cuando la contradicción entre nuestra estulticia y nuestras posibilidades es mayor. Ahora bien ¿la causa de esta situación insostenible radica sólo en nuestra lograda y muy meritoria sopa ecléctica de incongruencia y superficialidad o también, en el fondo, en un profundo desconocimiento del problema que tratamos?.
¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de medios de comunicación, de comunicación social, de política propagandística, e incluso de guerra psicológica, o nos limitamos a repetir los tópicos al uso, creados y empleados por el mismo poder al que nos enfrentamos? ¿Luchamos en nuestro campo o en el suyo, con nuestras armas o las suyas?.
1-1. Buceando en el pasado.
Aquí tenemos que buscar en nuestros métodos e instrumentos de conocimiento de la realidad capitalista en general. Más adelante en este escrito pasaremos a analizar la "otra" cara del problema psicopolítico de la llamada "opinión pública": opresión nacional y la realidad profunda que determina. Ahora nos detendremos por exigencia teórico-metodológica en la incapacidad histórica de la izquierda en su conjunto, desde finales del siglo XIX, para comprender e intervenir en este problema.
Tal vez para alguien pueda parecer superfluo retroceder tanto y penetrar tanto en el problema, pero creerlo así es dar una muestra más del error que debemos superar. Lo que nos ocurre a nosotros, agravado cualitativamente como veremos por la opresión nacional, es que somos portadores de la incapacidad e impotencia teórico-política de todas las izquierdas -reformistas o revolucionarias- para responder a los avances del Capital en la dominación de las y los oprimidos desde finales del siglo XIX.
Detenemos en estas fechas nuestro análisis pues es a partir del cuádruple fenómeno del Imperialismo; de la segunda revolución tecno-industrial y sus efectos sobre la memoria, conocimiento político y centralidad clasista del Trabajo; de las mejoras en la protección y ayuda social y último, de asentamiento burocrático-parlamentario de las izquierdas, cuando toma cuerpo definitivamente el retraso histórico de las izquierdas con respecto a los adelantos y mejoras de la dialéctica burguesa del palo y la zanahoria. Esos cambios van unidos al fortalecimiento de los Estados-nación burgueses, a la implantación de su nacionalismo interclasista, eurocéntrico y patriarcal entre las clases oprimidas, al creciente poder delegado de la prensa y al deterioro imparable de la primitiva democracia burguesa que queda reducida a simple juego parlamentario incapaz de controlar la cada vez más compleja, autónoma y obscura realidad política y burocrática.
Grosso modo, es a partir de entonces cuando se toma conciencia dentro de la izquierda, fundamentalmente de la socialdemocracia todavía vivo Engels, de las cada vez más agudas dificultades para llegar al fondo de la conciencia política de las masas pese a los avances electorales y organizativos que se suceden. Desde entonces el problema de cómo contrarrestar a los medios de propaganda de la burguesía se hace crónico y angustioso conforme transcurre el tiempo. Un problema que penetra e impregna a los tres fundamentales de la época y actualmente:
Uno es la violencia de clase y las formas de intervención popular y la caracterización del Estado, lo que plantea la cuestión del parlamentarismo y la democracia burguesas y sus límites, con las tendencias reformistas, revolucionarias, sindical-revolucionarias, etc. De cómo concienciar en suma en algo tal vital como la violencia. Un problema que paradójicamente crece en importancia en los momentos de pasividad, de retroceso, de reflujo, cuando el poder toma la iniciativa y aumentan las tendencias reformistas y claudicacionistas; pero un problema que adquiere una cualidad especial y urgente en los momentos en los que las masas empiezan a moverse, a responder, a resistir y luchar.
Otro la intervención propagandística y política en la marcha económica de la sociedad, en base a la valía o no de las tesis básicas del marxismo, lo que plantea de inmediato el aburguesamiento de los trabajadores, la desaparición o cambio profundo de las clases, la evolución económica del capitalismo y los nuevos medios propagandísticos burgueses, etc. Un problema crudamente vivido por todo sindicato coherente: ¿cómo llegar a los trabajadores?, y por toda propaganda popular: ¿cómo unir las reivindicaciones económicas obreras con las populares?, por citar sólo dos casos.
Por último, la valía o no de la concepción antropológica del marxismo, de la teoría de la alienación y de la emancipación, substancialmente unidad a la dialéctica de la praxis y por tanto a la teoría del conocimiento-acción, lo que supone el debate sobre el hegelianismo y el kantismo y la capacidad de conocer las contradicciones e intervenir sobre ellas. Un problema que se agita dentro de los dos anteriores y que está dado públicamente en la ideología burguesa. Un problema que las izquierdas de origen stalinista y socialdemócrata ocultan de inmediato, como los niños cuando cierran los ojos para que no les vean a ellos.
Lo que ahora llamamos "batalla de la opinión pública" recitando como papagayos el lenguaje del Pacto y del Plan ZEN, estaba ya dado en su total extensión e intensidad en aquellos debates de la transición intersecular. Debates que posteriormente han seguido con más virulencia y fuerza, y con desigual suerte. Un ejemplo patente es el de la debilidad de las teorías del Estado, dentro de todas las corrientes revolucionarias o reformistas, y sus repercusiones globales, en especial en lo tocante a los sistemas de comunicación, propaganda, concienciación, etc. El Estado, pieza clave en la historia no sólo del Capital sino de todo sistema social desde el asentamiento de las clases, no es integrado como arco de bóveda en las teorías de la comunicación al uso. Apenas lo es en las que se reclaman del marxismo, excepto casos contados. Sin embargo, en las páginas que siguen toparemos una y otra vez con esa máquina inteligente y astuta y lo analizaremos con cierto detalle -no el suficiente- en los aptº 2-4 y 5-5.
Mirando desde nuestra atalaya, y a toro pasado, nos damos cuenta de cómo las izquierdas, por razones que no explicamos ahora pero que en parte nos remiten a las lagunas históricas inevitables y a los errores teóricos de todos los pensadores socialistas, marxistas, anarquistas, etc., que asentaban los pilares teóricos de las diversas izquierdas, esas izquierdas dejaron pasar sin apenas atención aportaciones parciales y campos nuevos de conocimiento revolucionario que se han demostrado imprescindible para entender el problema que tratamos.
Nos referimos al rechazo por la inmensa mayoría de las izquierdas, excepción de minorías muy meritorias que significativamente acabaron asesinadas, marginadas o en campos de concentración, de aportaciones teóricas incuestionables como el psicoanálisis y en general la psicología; el feminismo y las críticas del patriarcalismo; el ecologismo y las críticas del modelo capitalista y luego "socialista"; la antropología y sus críticas del eurocentrismo, etc.
Tanto la socialdemocracia, como el bolchevismo, el anarquismo, el mal llamado luxemburguismo y luego spartakismo, el consejismo, etc., pasaron olímpicamente antes de 1914 de esos nuevos desarrollos que, empero, no negaban sino confirmaban el núcleo y enriquecían la totalidad del materialismo histórico. Lenin es un ejemplo de las grandezas y limitaciones en el esfuerzo por dominar un problema cada vez más indomable: tiene constataciones e intuiciones empíricas sorprendentes sobre el poder reaccionario de la estructura psíquica de masas, tiene aportaciones muy actuales sobre la prensa, etc., pero sin embargo rechaza total y reaccionariamente el psicoanálisis, la política sexual, el feminismo, etc.
Una de las muchas consecuencias negativas de la despreocupación de las izquierdas por esas aportaciones está en su incapacidad para una correcta denuncia de los ejércitos, de las policías. Denuncia que siempre se ha limitado a su aspecto inmediato y directo, el represivo, pero que ha dejado de lado el obscuro submundo de la dependencia hacia la autoridad, de la relación sadomasoquista con el orden, con la marcialidad y el uniforme: patologías transferidas o sublimadas en la sumisión al líder, a la jerarquía y al mando. La genitalización masculina del poder policial, militar y político, del poder simbólico laico o religioso, ateo también como el caso del nazismo. Las profundas fobias y miedos que se pretenden superar con el militarismo más autoritario y feroz, etc., etc. Ninguna de estas aportaciones críticas imprescindibles han sido empleadas por las izquierdas. Volveremos a ellas en el aptº 5-7.
El convulso período revolucionario y contrarrevolucionario abierto en 1917, que culminará con la IIª G.M., demostrará de manera trágica las consecuencias desastrosas de dicha incapacidad. La fuerza propagandística y de masas del nazi-fascismo; la mezcla ideológica autoritario-democraticista en EE.UU y partes de Europa; la utilización propagandística de la radio y del cine, etc., se dan dentro de una crisis prolongada y sobre todo, dentro del desprecio del stalinismo hacia esos fenómenos, sus vaivenes políticos y su frentepopulismo, de modo que las fuerzas revolucionarias se ven incapaces de frenar el auge propagandístico del Capital no sólo en su forma nazi-fascista, sino también en la mezcla compleja autoritario-democraticista.
Las brutales derrotas padecidas en ese período no sirven ni siquiera para una reflexión autocrítica en el tema que nos ocupa. Incluso oficialmente se terminan por condenar el brillante esfuerzo teórico-político de la sex-pol alemana, de Reich, etc., así como las experiencias feministas y las críticas al eurocentrismo crecientes gracias a las luchas de liberación nacional de las colonias. Se silencian u olvidan las primeras y valiosas aportaciones de W.Benjamin sobre lo que ahora se denominan los 'mass media'
En Italia, el PCI olvida las aportaciones de Gramsci y luego, cuando le conviene para su reformismo, sólo utiliza sus partes más débiles y ambiguas. En Alemania oriental se liquidan los esfuerzos de la universidad de Leipzig. En Hungría la escuela de Lukacs es obligada a la "autocrítica". En Yugoslavia se toleran con limitaciones las tesis de Djilas. En la RFA la Escuela de Frankfurt es aislada y silenciada por la izquierda oficial. En el Estado francés el PCF santifica el más impresentable dogma stalinista. En EEUU los comunistas oficiales son meros receptores-altavoces de Moscú. ¿Para qué seguir?.
Semejante retroceso, que no podemos analizar en detalle, se produce sin embargo en unos momentos de innegable necesidad de ofensiva estratégica en el tema de la "opinión pública". Desde finales de los años '40 el capitalismo inicia su cuarta fase larga de expansión. La hegemonía yanki se asienta además de en su fuerza político-económica y político-militar abrumadora, a la vez en su innegable superioridad teórico-conceptual y científica. Y una de sus armas, aparte de las múltiples "alianzas para el progreso", "para la libertad", etc., es también el uso masivo de la psicología y del psicoanálisis. Freud es desactivado de sus cargas revolucionarias e integrado en base a su última fase pesimista, en la dominación burguesa.
El psicoanálisis y la psicología no sólo se introducen en el marketing y publicidad comercial, también en la disciplina fabril, en la formación militar, en el adiestramiento contrainsurgente y de forma especial en las campañas electorales y políticas. Para comienzos de los años '60 la burguesía va ya muy por delante en estas cuestiones en comparación a las arcaicas concepciones de las izquierdas. Los profundos sentimientos y dependencias autoritarias de la sociedad, causados por los miedos, angustias y culpas inconscientes y subconscientes que nacen obligatoriamente debido al encuadre objetivo de la institución familiar, son potenciados y guiados al consumismo compulsivo como transferencia gratificante. El sexo es integrado en la industria del placer, y el placer industrializado y alienante deviene elemento autoritario y compensador.
1-2. El pasado inmediato.
Las izquierdas que realmente controlan los resortes burocráticos, que realmente pueden impulsar procesos autocríticos y de respuesta a esa superioridad, demuestran sin embargo su profundo reaccionarismo al oponerse con armas y bagajes a la explosión de creatividad teórico-cultural autónoma, radical y desorganizada que se produce a finales de los '60. Las izquierdas y muy marcadamente los partidos comunistas de afiliación stalinista castran además de las movilizaciones y revueltas que estallan, también los esfuerzos teóricos freudo-marxistas, feministas, ecologistas, alternativos, internacionalistas, etc.
En esos momentos toma cuerpo definitivo el reformismo autodenominado "eurocomunista" que coincide substancialmente con las corrientes "de izquierda" socialdemócratas. Citamos este momento fundacional porque es ahí cuando termina de popularizarse en las izquierdas reformistas el concepto tan dañino de "opinión pública", indisociable del de "sociedad civil". Son conceptos interclasistas. Conceptos que exigen aceptar tesis parlamentaristas y electoralistas, potenciadoras del gradualismo, de la penetración pacífica, lenta, en los aparatos "políticos" que, se dice, son neutrales y multiuso.
La "opinión pública" es utilizada para paralizar las luchas, para reprimir a las izquierdas, para aceptar las condiciones burguesas, para agachar la cabeza ante las "reglas del juego democrático". Luego analizaremos más en detalle qué es realmente la "opinión pública", ahora insistimos en que el reformismo se basó en la tesis de que la "opinión pública" es la voz de la "sociedad civil" y por tanto es la unidad de medida y de valoración de las opciones y estrategias políticas. Este criterio obligaba a negar las contradicciones internas de esa "opinión" y el poder crítico del feminismo, del freudo-marxismo, de la microfísica de los poderes, de la antipsiquiatría, del ecologismo, del internacionalismo, del nacionalismo revolucionario, etc.
El concepto de "opinión pública" exige para su uso teórico y práctico la ayuda del de "medios de comunicación de masas", construido por la sociología funcionalista yanki para el doble uso: propagandístico político y publicitario comercial. Parte de una concepción del receptor de los medios como masa anónima y dispersa, incapaz de responder y criticar, admisora de las órdenes verticales e incontrolables, etc. La técnica electoralista de las izquierdas quedó contaminada en lo fundamental por estas tesis burguesas. Contaminación facilitada encima por las pobres concepciones teóricas de fondo de esas izquierdas.
Ponemos dos ejemplos de cómo este contexto generó un clima de pobreza teórica en todo lo relacionado con la comunicación, la industria cultural, "opinión pública", "medios de comunicación de masas", etc., impactando muy fuertemente en toda una generación de militantes abertzales de entonces: las tesis estructuralistas y especialmente las nefastas de Marta Harneker sobre el materialismo histórico y la ubicación de la cultura y de la comunicación humana y, otra, el neutralismo triunfalista sobre la llamada "revolución científico-técnica" y sus efectos en la prensa, impulsado fundamentalmente por Radoban Richta.
Coincidiendo con este ataque interno, que origina situaciones patéticas y lamentables, aparte de funestas, que no podemos detallar aquí, pero que no debemos olvidar, coincidiendo con él se suman desde fuera dos ataques más: uno, la planificación contrarrevolucionaria que empieza con la Trilateral y llega, por el momento, a la nueva doctrina de Guerra de Baja Intensidad y otro, como efecto de la nueva crisis estructural, otra oleada de introducción masiva de reclamos subconscientes e inconscientes ocultos bajo el individualismo neoliberal, el yuppismo, el postmodernismo, la contraofensiva antifeminista y antiinternacionalista, la integración parcial pero muy efectiva de reivindicaciones ecologistas, etc.
Como efecto de todo ello, a mediados y finales de los '80, a la par del comienzo de la muerte del "socialismo real" y en medio de un repunte económico, la burguesía mundial domina sin problemas. Son los años triunfales del "final de la historia" y de la "muerte de las ideologías". Lo grave para las izquierdas es que el hundimiento del triunfalismo y la reaparición cruda y pura de la crisis en sí, no va acompañado de la renovación teórico-política y autocrítica del tema que nos ocupa. Basta mirar uno a uno los Estados burgueses "desarrollados" y las capacidades de las izquierdas para luchar en la batalla de la opinión pública.
1-3. Conclusión.
Desde la transición intersecular, debido a los cambios profundos en el capitalismo y las limitaciones internas del socialismo y anarquismo en todas sus corrientes, las izquierdas han arrastrado dificultades crecientes para comprender qué era y como estaba evolucionando el problema de la concienciación de las clases oprimidas. Diversos factores políticos y económicos globales, a escala del capitalismo internacional, y particulares, a escala interna de las izquierdas, determinaron que se ahondase la distancia entre la capacidad de alienación del capitalismo y la teoría y práctica al respecto, desalienadora y concienciadora, de las izquierdas.
Estas izquierdas fracasaron en casi la totalidad de procesos pre y revolucionarios -fueron muchos, desde luego muchos más de los reconocidos por la burguesía- desarrollados. Sin embargo las izquierdas no euroocidentales, integradas en revoluciones de liberación nacional y de clase, cosecharon muchos más triunfos y menos derrotas. No podemos analizar en detalle las causas de esa significativa diferencia, pero a simple vista reconocemos fundamental: su capacidad para vivir dentro de la identidad colectiva, profunda y resistente.
Conforme el capitalismo europeo, y podríamos extendernos a USA y Japón, superaba sus contradicciones, las luchas y convulsiones clasistas, abría nuevas fases de acumulación, etc., aumentaba su distancia y superioridad en el control social, propaganda y comunicación, además de alienación y coerción sorda, con respecto a unas izquierdas clásicas cada vez más hundidas en el reformismos, las tesis democraticistas burguesas y el retroceso teórico cuando no su abandono definitivo. Una de las deficiencias centrales radicaba en la praxis concienciadora, reducida a mero electoralismo puntual. La responsabilidad no es debida sólo a la "superioridad" del capitalismo, también a las propias medidas castradoras de toda experimentación práctica y consiguiente debate teórico.
Queramos o no reconocerlo, nosotros también estamos pagando en algunos aspectos más que en otros, aunque no en todo pues ya nos habría vencido, esta situación histórica. Ha sido imprescindible repasarla con tanta rapidez para comprender no sólo nuestro presente, además nuestras terribles dificultades actuales y la magnitud de los problemas que debemos resolver. Veremos en las páginas siguientes el pesado lastre teórico y práctico que arrastramos, proveniente de nuestro contexto formativo.